“Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan”. Jn. 1:6
La Biblia lo llama un enviado de Dios. El no caía cómodo, no era encantador, no era una voz tranquilizadora ni
un orador amable. Era como un mazo de hierro. Su apariencia, su mensaje y sus demandas fueron radicales y
ofensivas para todos excepto para los “… que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”.
Mt. 5:6.
Luego de que Jesús anunciara a sus discípulos que iba a abandonar este mundo, ellos quedaron abrumados. Nuestro Señor entonces les habló palabras buenas y consoladoras: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da…” Jn. 14:27.
El dejó en calidad de legado a sus fieles discípulos, dos cosas muy valiosas, más valiosas que el oro y la plata:
Un modelo de vida. “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” 1 P. 2:21 Un ejemplo, libre de mancha y marcado por la humildad.
Su paz.
Muchos dicen que la voluntad de Dios es difícil de conocer. Si eso es cierto, ¿Cómo podemos conocer nuestra misión? ¿Tiene eso algún sentido?
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Ro. 12:1-2
El ser humano ante la falta de discernimiento espiritual tiende a cometer graves equivocaciones en contra de la
voluntad de Dios, misma que ha de ser revelada por el Espíritu Santo.
Jesús nos dijo una misión central del Espíritu Santo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de
justicia y de juicio” Jn. 16:8. Las correcciones vitales y las advertencias proféticas del Espíritu Santo destinadas a
guiar vidas y hasta una nación no deberían ser estorbadas por ningún tipo de conclusión o doctrina humana, en
especial referida al pecado, la justicia y la corrección.
La palabra "confirmar" significa "atestiguar, respaldar, establecer". Jesucristo, como la semilla del Pacto de Abraham, confirmó ese pacto con señales y milagros, y con la palabra y la revelación de Dios. Dios confirmó todo lo que era, todo lo que hizo y todo lo que dijo. El libro de Hebreos dice:
“...tan grande salvación, la cual habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios, y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad”. He. 2:3,4.
En cada época, Satanás desata un arma de engaño masivo. Ante ello, el cielo no es pasivo, ni se sorprende. Tengamos siempre presente, Dios no puede ser engañado.
Ante la proximidad del mal, el Espíritu Santo recluta personas. Él anhela expresar Su supremacía sobre el mal a través de vasos purificados.
Para entender lo que se avecina debemos volver a visitar el Valle de los Huesos Secos. Hasta donde el profeta Ezequiel puede ver, son huesos secos y blanqueados. El mensaje al profeta es gráfico: aquí no hay vida, alguna.
El Espíritu Santo está reuniendo un ejército para Sí mismo. Tiene la intención de imbuirlos con gracia y poder especial para lograr actos poderosos al final de la historia. Estarán equipados de manera única para enfrentar el mal sofisticado de nuestro tiempo. Pero todo comienza haciendo las paces con el Espíritu Santo y restaurándolo al lugar que le corresponde.
En Hechos verá la manera realista en que los creyentes se relacionan con el Espíritu Santo. Mientras lo reverenciaban profundamente, tenían un sentido de Su cercanía y Su participación en sus operaciones diarias. Se comportaron como si Él estuviera cerca y casi pudieran verlo. Sobre todo, anticiparon sus instrucciones.
El bautismo del Espíritu Santo es el enemigo natural de las artimañas del diablo que pretenden paralizar a la iglesia. Cuando Dios se derrama sobre su pueblo, la cultura de la iglesia cambia instantáneamente. Una audiencia se transforma en un ejército. Y se desata un hambre insaciable por la Palabra de Dios.
El bautismo del Espíritu, es un don a la iglesia, y es tan urgente e importante, que a la Iglesia Primitiva se le prohibió comenzar a operar hasta que lo hubiera recibido.
¿Qué podemos hacer con los demonios que están estrangulando a nuestra Nación? ¿Podemos romper su hechizo sobre Bolivia? Los demonios divisivos nos han llevado al borde de la guerra civil. Espíritus de lujuria han difundido la perversión que ha contaminado cada aspecto de nuestra cultura. Los demonios han desatado la adicción y la violencia. ¿Podemos detenerlos? No sólo podemos, es nuestro deber derribarlos.
“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” 2 Co. 10:4-5











