El ayuno transforma nuestra alma de una manera única. Nuestra vida cristiana está destinada a moldear e influir en nuestra voluntad, razón y emociones, y no al revés. En otras palabras, nuestra capacidad de elegir, pensar y sentir debe ser guiada y controlada por el Espíritu Santo que mora en nosotros; no al revés.
Solo la Palabra de Dios tiene el poder de restaurar el alma. El ayuno saca al alma de su estado habitual de control, dejando al descubierto sus motivos e intenciones ocultas.
El único día de ayuno obligatorio en el Antiguo Testamento era el Día de la Expiación. En este día, Dios ordenó a su pueblo que afligiera sus almas:
“A los diez días de este mes séptimo será el Día de Expiación (Perdón); tendréis santa convocación, y afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida al Señor”. Lv. 23:27 RV60
Dado que afligir el alma era obligatorio, quienes no lo hicieran serían condenados a muerte. Porque toda persona que no se afligiere en este mismo día, será cortada de su pueblo. Lv. 23:29 RV60.
Claramente, “afligir vuestra alma” no era solo un sentimiento interno, sería demasiado subjetivo para justificar la ejecución, sino que se refería a la aflicción del alma mediante el ayuno. Esta expresión también se aplicaba a otras formas de abstinencia, como los votos Nm. 30:13 RV60 Todo voto, y todo juramento obligándose a afligir el alma…. El rey David, descrito como un hombre conforme al corazón de Dios, dijo: …Afligí con ayuno mi alma… Sal. 35:13 RV60.
Otro sinónimo de “ayuno” en la Biblia es “humillarse”: ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? … Is. 58:3 RV60. El ayuno de Daniel es otro ejemplo donde la “humillación” está directamente relacionada con el acto de ayunar. Cuando el ángel se le apareció a Daniel, le dijo: “Te propusiste a entender y te humillaste ante tu Dios” Dn. 10:12 RV60.
La humildad que surge cuando nuestras almas son afligidas nos lleva a reconocer nuestra propia capacidad e insuficiencia. Todo ayuno tiene el poder de humillarnos. Ayunar consiste en vaciarnos de nosotros mismos para poder llenarnos de Dios. Se trata de reconocer nuestras limitaciones y debilidades para depender de la gracia y el poder de Dios.
“No que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, 6 el cual asimismo nos hizo ministros competentes …” 2 Co. 3:5-6 RV60
Quienes ayunan con regularidad, sobre todo durante periodos prolongados, comprenden que el ayuno suele sacar a la luz nuestras imperfecciones ocultas. Sin duda, se trata de una aflicción del alma que afecta a nuestros pensamientos, emociones y, por la gracia de Dios, a nuestras decisiones. Es a través de esta aflicción del alma, que nos abrimos a la obra transformadora del Señor. Es cuando aceptamos que Él nos renueve, transformándonos en odres nuevos, preparados para contener el vino nuevo que se añejará bien.
Comprendan que el alma es la sede de nuestras decisiones, por lo que someterla a una disciplina enfocada en propósitos espirituales significa que tomaremos mejores decisiones, guiados por lo divino y lo espiritual. Dado que el alma conecta el espíritu con el cuerpo, y habiendo liberado el espíritu mientras se purificaba el cuerpo mediante el ayuno, es seguro que el alma estará más influenciada por el espíritu regenerado, lleno de las cosas de Dios, que por la carne, que está condenada por naturaleza.
El ayuno influye en los momentos en que debemos tomar decisiones. Por ejemplo, cuando surge un pensamiento de rechazo, o un sentimiento de amargura, debemos dominarlo. ¿Cómo podemos afrontar esta batalla mental? Con disciplina y autocontrol, virtudes fortalecidas por el ayuno. En la lucha constante entre la carne y el espíritu, el alma es el factor decisivo, pero se deja llevar por el bando más fuerte. Mediante el ayuno, alimentamos más el espíritu y le damos menos al cuerpo. El ayuno es un acto de disciplina, un ejercicio de autocontrol.
La idea es vencer la carnalidad mediante el ayuno. Sin embargo, es importante recordar que la disciplina en la vida cristiana y la mortificación de la carne no se limitan a los períodos de ayuno. Si bien el ayuno es una herramienta poderosa, tiene un principio y un fin. El autocontrol y la mortificación intencional de nuestra naturaleza carnal deben continuar durante los intervalos entre los ayunos que observamos.
En resumen, debemos distinguir entre el ayuno ocasional y la disciplina constante que requiere la vida cristiana.
El apóstol Pablo en 1 Co. 9:27 NTV dice: Disciplino mi cuerpo... El apóstol afirma que lo hace para poder realizar su trabajo con mayor eficacia. Sugiero que este texto no necesariamente tiene que ver con el ayuno. Esto es lo que llamaría la disciplina general del ser humano. Siempre debemos disciplinar nuestro cuerpo, pero eso no significa que debamos ayunar siempre.
El ayuno, es algo inusual, algo que una persona practica solo ocasionalmente con un propósito especial, mientras que la disciplina personal debe ser algo perpetuo y permanente.
La moderación en la alimentación no equivale al ayuno. La moderación forma parte de la disciplina personal respecto al cuerpo, siendo una excelente manera de disciplinarlo, pero no es lo mismo que el ayuno. El ayuno es una forma de oración, meditación o búsqueda del Señor, motivada por algún motivo particular o en circunstancias especiales.
La disciplina regular en la vida cristiana no es sinónimo de ayuno, ni puede afirmarse que el ayuno sea la única forma de practicar el autocontrol mencionado en los textos bíblicos. Es innegable que la práctica regular del ayuno es un ejercicio que nos ayuda a intensificar: la disciplina y el autocontrol.
Si bien Cristo no definió la frecuencia del ayuno, NO ES RAZONABLE concluir que deba practicarse solo cada década. ¿No sería extraño que un cristiano, al final de su vida, admitiera haber dado ofrenda solo una vez en toda su vida cristiana? ¿No sonaría raro que un creyente testificara haber orado solo dos o tres veces en toda su vida? Estas son disciplinas que deben practicarse con regularidad. Pero, cuando se trata del ayuno, aplicamos una lógica diferente, tratándolo como una práctica ocasional.
Es hora de reconsiderar esta mentalidad y avanzar hacia una cultura del ayuno, donde su práctica sea regular y frecuente, y sus efectos en el espíritu, el alma y el cuerpo sean evidentes.
Pr. Rafael Vargas