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El ayuno debe explicarse a la luz de las Escrituras, y también fomentarse entre los seguidores de Jesús.

¿Es correcto que hablemos del hecho de que ayunamos? 

Hay quienes adoptan posturas extremistas al hablar del ayuno, mientras que otros, como los fariseos, cometen el error de "promocionarse con bombos y platillos". Sin embargo, un error no justifica otro. Evitar la autopromoción no implica necesariamente un silencio absoluto sobre la práctica del ayuno. 

Cuando ustedes ayunen,  no se muestren afligidos,  como los hipócritas,  porque ellos demudan su rostro para mostrar a la gente que están ayunando; de cierto les digo que ya se han ganado su recompensa. Pero tú,  cuando ayunes,  perfúmate la cabeza y lávate la cara, para no mostrar a los demás que estás ayunando,  sino a tu Padre que está en secreto,  y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. Mt. 6:16-18 RVC

Lo que Jesús condenó fue la actitud de los fariseos, quienes intencionalmente se veían desaliñados para presentar una fachada de espiritualidad. Él no prohibió hablar sobre la práctica del ayuno; eso contradeciría el hecho de que existe un registro bíblico de Jesús ayunando. 

¡Solo podemos saber que Cristo ayunó cuarenta días solo en el desierto porque Él mismo lo mencionó! Esto no significa que el Señor se jactara de ello, sino que compartió su experiencia con sus discípulos. Además, ¿qué hay de los ayunos colectivos, como el que dirigieron los líderes de la iglesia en Antioquía? Sería imposible mantenerlos en secreto.

Como ellos servían al Señor y ayunaban siempre, el Espíritu Santo dijo: Apártenme a Bernabé y a Saulo,  porque los he llamado para un importante trabajo. Y así, después de que todos ayunaron y oraron, les impusieron las manos y los despidieron”.  Hch. 13:2-3 RVC 

El ayuno, la oración y la ofrenda en secreto demuestran que lo hacemos por el Padre Celestial, no por el reconocimiento humano. Sus instrucciones se dieron en un contexto específico: el Maestro abordó la motivación errónea que subyace a prácticas correctas como el ayuno, la oración y la ofrenda.

Consideremos otra afirmación que hizo Jesús en el mismo sermón, justo antes de abordar este tema: 

“De la misma manera, que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos”. Mt. 5:16 RVC 

Si se prohibiera la notoriedad de nuestras buenas obras, ¿cómo podría alumbrar nuestra luz delante de los demás? ¿Cómo podrían los hombres ver las buenas obras que hacemos? La clave reside en la parte final de la declaración de nuestro Señor: ...y glorifiquen a su Padre que está en los cielos. La cuestión es quién recibe la gloria: ¿Dios o el hombre? Si actuamos correctamente, lo cual incluye alinear las motivaciones del corazón, el Padre Celestial será glorificado. 

Un análisis más profundo de la exhortación de Cristo revela esta distinción crucial: 

Cuidado con hacer sus obras de justicia solo para que la gente los vea.  Si lo hacen así, su  Padre que está en los cielos  no les dará ninguna recompensa. Cuando tú des limosna, no toques trompeta delante de ti,  como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles,  para que la gente los alabe. De cierto les digo que con eso ya se han ganado su recompensa”. Mt. 6:1-2 RVC

Lo que el Señor condena aquí no es simplemente hacer el bien a la vista de los hombres, sino hacerlo con el propósito de ser admirado, aplaudido y estimado.

Lo de no "tocar trompetas", se refería a aquellos que buscaban reconocimiento. Jesús quiso resaltar la intención detrás de sus acciones: llamar la atención sobre sí mismos. La limosna de estas personas no era para glorificar a Dios, sino para llamar la atención sobre sí mismas.

La Biblia se explica por sí misma. Es perfectamente armoniosa. Las distintas partes de la Palabra no compiten entre sí; se complementan. Entonces, ¿cómo conciliamos el mandato de Jesús de que nuestra luz alumbre delante los hombres con su instrucción de no alardear de nuestras obras? 

Cristo condenaba la autopromoción, las acciones que buscan la gloria personal, al tiempo que permitía la posibilidad de compartir, con el corazón adecuado, las prácticas de la vida cristiana que glorifican a Dios. Veamos la instrucción de Pablo a Timoteo. 

“En la lista deben figurar solo las viudas mayores de sesenta años, y que hayan tenido un solo marido; que cuenten con un testimonio de buenas obras, como haber criado hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos, socorrido a los afligidos, y practicado toda buena obra”. 1 Ti. 5:9-10 RVC

¿Cómo podría el testimonio de buenas obras recomendar a alguien si esas obras nunca se vieron ni se mencionaron? Como ya hemos afirmado, la cuestión radica en el corazón. Este es el contraste entre el testimonio de la generosidad de Bernabé y el de Ananías y Safira.

Cristo solía orar a solas, sin buscar ser visto por los hombres. Sin embargo, su vida de oración, aunque no del todo secreta, inspiró a sus discípulos a desarrollar la misma práctica: 

“En cierta ocasión, Jesús estaba orando en un lugar y, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. Lc. 11:1 RVC 

Es importante desmitificar el acto de compartir la práctica y las experiencias del ayuno. El ayuno, cuando se aborda con la motivación correcta, sirve como un poderoso ejemplo que anima y fortalece a otros.

El mejor ejemplo, es Jesús, quien es el maestro más eficaz. Él mismo demostró este principio: 

“Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he puesto el ejemplo, para que lo mismo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan. Jn. 13:14-15 RVC 

El ejemplo del Señor no se limitó al lavamiento de pies; Él es nuestro modelo y referencia en todo, incluyendo la disciplina del ayuno

De igual manera, quienes imitan a Cristo también se convierten en modelos a seguir. Pablo lo afirmó al escribir: Imítenme a mí, así como yo imito a Cristo 1 Co. 11:1 RVC. Lo enfatizó aún más, exhortando a los creyentes al decir: Hermanos, sean ustedes imitadores de mí, y fíjense en los que así se conducen, según el ejemplo que ustedes tienen de nosotros. Fil. 3:17 RVC. 

La progresión es clara: Pablo imitó a Cristo, enseñó a sus discípulos a seguir su ejemplo y recalcó que quienes lo imitaban también se convertían en modelos a seguir para los demás. El liderazgo bíblico está profundamente arraigado en el ejemplo

“Acuérdense de sus pastores, que les dieron a conocer la palabra de Dios. Piensen en los resultados de su conducta, e imiten su fe”. He. 13:7 RVC

Hago hincapié en la importancia de tener un corazón sincero al ayunar.

Creo firmemente que debemos animar a otros, con sabiduría y cuidado, a practicar el ayuno. Si bien compartir nuestra experiencia para inspirar y guiar es importante, es fundamental comunicar las enseñanzas bíblicas, especialmente sobre la motivación correcta.

Se debe fomentar la perseverancia en la práctica del ayuno, ya que los resultados son tangibles y serán experimentados personalmente por quien ayuna.

Una parte clave para desmitificar el ayuno es comprender que no es algo sobrenatural, aunque podemos recibir del Señor  “el favor de Dios  para ayunar”. En general, el ayuno es un proceso natural y humanamente posible. Si la Biblia nos ordena ayunar, entonces debemos hacerlo, y el resultado será beneficioso, no perjudicial.

Mi consejo es comenzar a ayunar gradualmente. Esta práctica debe ser progresiva, permitiéndote experimentar su impacto positivo tanto en tu vida espiritual como en tu cuerpo físico.

Pr. Rafael Vargas

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