“Que el mismo Dios de paz los santifique por completo; y que guarde irreprensible todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, para la venida de nuestro Señor Jesucristo”. 1 Ts. 5:23 RVC
¿Por qué dice la Palabra que Dios los santifique por completo?
¿Hay la posibilidad que nos santifique a medias?
¿Cuáles son los componentes que hacen ser a un hombre completo?
Pablo asegura que un ser humano está compuesto por: espíritu, alma y cuerpo. Tricotomía
Basados en su mensaje a los tesalonicenses, entendemos que una santificación por completo involucra a las tres partes que conforman nuestro ser. Veamos desde el origen:
“Entonces, del polvo de la tierra Dios el Señor formó al hombre, y sopló en su nariz aliento de vida. Así el hombre se convirtió un ser con vida”. Gn. 2:7 RVC
Este relato revela la naturaleza tripartita del ser humano. Dios formó una figura de arcilla (el cuerpo), le infundió el aliento de vida (el espíritu) y de la combinación de ambos surgió lo que define al hombre: un alma viviente. Vamos a mostrar, a través de las Escrituras, la verdad de la tricotomía humana.
“Por lo tanto, no nos desanimamos. Y aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando de día en día”. 2 Co. 4:16 RVC
Acá, Pablo solamente resalta dos partes: el hombre interior y el exterior. Esta aparente dicotomía es aclarada cuando miramos el resto de la Escritura.
“Entonces María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador. Lc. 1:46-47 RVC
“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y la medula, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón”. He. 4:12 RVC
Esta cita provee una ilustración clara sobre la distinción de las diferentes partes del ser humano.
Juntos, el espíritu y el alma forman el ser interior, pero son entidades separadas y pueden distinguirse entre sí.
Una analogía puede verse en la tipología del Tabernáculo de Moisés. El Tabernáculo, que servía como morada de Dios, estaba dividido en dos partes visibles: la parte cubierta (la Tienda de Reunión) y la parte descubierta (el Atrio Exterior). Pero, la Tienda de Reunión constaba de dos áreas distintas: el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, separadas por un velo. De manera similar, bajo el Nuevo Pacto, la Escritura se refiere al hombre como la morada de Dios. Ef. 2:22 RV60 y el Templo del Espíritu Santo. 1 Co. 6:19 RV60
El hombre es el tabernáculo divino actual, y así como el interior del Tabernáculo de Moisés estaba dividido, el tabernáculo humano también está subdividido en dos partes: espíritu y alma.
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Pero si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Por ambas cosas me encuentro en un dilema, pues tengo el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedarme en la carne es más necesario por causa de ustedes. Y confió en esto, y sé que quedaré, que aún permaneceré con todos ustedes, para su provecho y gozo de la fe”. Fil. 1:21-25 RVC
¿Qué revela Pablo sobre la esencia de su ser?
Para comprenderlo, observemos el sujeto implícito “yo” a lo largo de estos versículos: “me encuentro en un dilema”, “deseo partir y estar con Cristo”, “quedarme en la carne” y “quedaré, que aún permaneceré”. Este “yo” es quien desea partir y estar con Cristo.
¿Quién es el que se va al morir?
Cuando alguien fallece, es el ser interior el que va con el Señor, mientras que el cuerpo, el ser exterior, es sepultado, se descompone y permanece en la tierra, esperando el glorioso día de la resurrección.
Pablo identifica a este ser interior como el verdadero “yo”. En otras palabras, afirma que su verdadera identidad se encuentra en el ser interior.
¿Cuál de ellos, alma o espíritu, constituye la esencia de lo que somos?
¿Cuál es verdaderamente nuestro “yo”?
La Biblia nos presenta como seres espirituales. Nuestro espíritu es la parte de nosotros que es consciente de Dios, quien también es espíritu, y de las realidades espirituales.
Nuestro espíritu se origina en lo más profundo del Creador, formado a partir de su propia esencia. Por ello, el espíritu humano está diseñado de manera única para conectar con las realidades divinas y espirituales.
“Pero el que se une al Señor, es un espíritu con él”. 1 Co. 6:17 RVC
“Dios es Espíritu; y es necesario que los que lo adoran, lo adoren en espíritu y en verdad”. Jn. 4:24 RVC
Si el Espíritu refleja la semejanza de Dios, es el alma la que nos distingue unos de otros más allá de la apariencia física. El alma es la sede de la personalidad, la cual se sustenta en: razón, emoción y voluntad. El alma es el reino de los pensamientos, los sentimientos y las decisiones.
Los elementos que se combinan para formar la personalidad son el intelecto, la sensibilidad y la voluntad; pero todos ellos actúan conjuntamente para exigir libertad tanto en la acción externa como en la elección de los fines a los que se dirige la acción. El intelecto debe dirigir, la sensibilidad debe desear y la voluntad debe determinar la dirección de los fines racionales. No puede existir personalidad, ya sea humana, angélica o divina, al margen de este conjunto de elementos esenciales.
En la creación, vimos que el hombre se convirtió en un ser viviente en el momento en que el espíritu se unió al cuerpo. Esto sugiere que el alma actúa como “un puente”, conectando el espíritu y el cuerpo, influyendo en ambos y siendo influenciada por ellos.
El alma es eterna y acompaña al espíritu después de la muerte. De hecho, en las Escrituras, los términos “alma” y “vida” se usan a menudo indistintamente: Y aconteció que cuando su alma partía, pues murió, lo llamó Benoni; pero su padre lo llamó Benjamín. Gn. 35:18 LBLA.
El espíritu nos da conciencia de Dios, el alma nos da conciencia de nosotros mismos y de las cosas que nos afectan. La Escritura afirma que esta conciencia permanece incluso después de dejar el cuerpo, como se ilustra en las enseñanzas de Cristo sobre el rico y Lázaro.
La conciencia de la vida después de la muerte, incluyendo la capacidad de recordar eventos de la propia vida y de la de los demás, se refleja Apocalipsis:
“Al abrir el Cordero el quinto sello, debajo el altar vi a las almas de los que habían muerto por causa de la palabra de Dios y de su testimonio. A gran voz decían: Señor santo y verdadero, ¿hasta cuándo seguirás sin juzgar a los habitantes de la tierra y sin vengar nuestra sangre? Entonces se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansaran todavía un poco más de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos, que también sufrirían la muerte como ellos”. Ap. 6:9-11 RVC
Estos mártires eran plenamente conscientes de lo que les había sucedido. Recordaban sus experiencias pasadas, y también sabían que se les haría justicia.
El alma, acompaña al espíritu en su partida, representa nuestra personalidad. Es donde se expresan nuestros pensamientos, sentimientos y voluntad, abarcando aspectos como el intelecto, la memoria, el temperamento, la alegría y la tristeza. El alma es también la sede crucial de la toma de decisiones y, por lo tanto, del libre albedrío.
En las Escrituras, el cuerpo se describe como una casa o tabernáculo donde mora el espíritu. Esto subraya la idea de que somos seres espirituales que habitamos un cuerpo físico.
“Bien sabemos que si se deshace nuestra casa terrenal, es decir, esta tienda que es nuestro cuerpo, en los cielos tenemos de Dios un edificio, una casa eterna, la cual no fue hecha por manos humanas”. 2 Co. 5:1 RVC
El cuerpo es una parte integral de nuestro ser. Es la "casa" que habitamos, y sigue siendo una extensión de quienes somos. Las tentaciones e inclinaciones al pecado se manifiestan a través del cuerpo, y nos vemos afectados por él. En este sentido, tenemos la responsabilidad de dominarlo mediante el autocontrol, o, de refrenar el cuerpo.
“más bien, golpeo mi cuerpo y lo someto a servidumbre, no sea que después de haber predicado a otros yo mismo quede eliminado”. 1 Co. 9:27 RVC
Al igual que el espíritu y el alma, el cuerpo sirve como medio de conciencia y comunicación, específicamente con el mundo natural a través de nuestros sentidos.
La Palabra de Dios nos asegura que en el futuro habrá resurrección del cuerpo, lo que significa que no estaremos completos sin él. Después de la glorificación, tendremos un cuerpo espiritual como nuestra morada.
“Se siembra un cuerpo animal, y resucitará un cuerpo espiritual. Porque así como hay un cuerpo animal, hay también un cuerpo espiritual”. 1 Co. 15:44 RVC
Pr. Rafael Vargas