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“También les contó una parábola: Nadie corta un retazo de un vestido nuevo  para remendar un vestido viejo. Si lo hace, no solamente arruinará el vestido nuevo, sino que el remiendo no quedará bien en el vestido viejo”. Lc. 5:36 RVC

Si alguien tuviera una prenda vieja y le ofrecieran una nueva, lo lógico sería cambiarla. Ninguna persona razonable cortaría retazos de una prenda nueva para remendar una vieja. ¿Qué nos quería enseñar el Maestro?

En la Biblia, las vestiduras a menudo simbolizan la condición espiritual de una persona ante Dios.

“En ese instante se les abrieron los ojos a los dos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entonces tejieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas”. Gn. 3:7 RVC

Sin embargo este esfuerzo humano fue insuficiente. Así que, Dios mismo proveyó vestiduras para ellos. 

“Luego Dios el Señor hizo túnicas de pieles para vestir al hombre y a su mujer”. Gn. 3:21 RVC 

De forma similar, en Apocalipsis 3, leemos acerca de aquellos que no han manchado sus vestiduras. Ap. 3:4 RVC Pero cuentas en Sardis con unos cuantos que no han manchado sus vestiduras; ellos son dignos de andar conmigo vestidos de blanco, y de aquellos “que lavaron sus túnicas y las emblanquecieron en la sangre del Cordero”. 

“Yo le respondí: Señor, tú lo sabes. Entonces él me dijo: Estos han salido de la gran tribulación. Son los que  han lavado y emblanquecido sus ropas en la sangre del Cordero. Ap. 7:14 RVC 

Este patrón de vestiduras que simbolizan la condición espiritual de una persona también se evidencia en la visión de Zacarías, donde las vestiduras sucias representan el pecado, mientras que las vestiduras limpias significan la santificación. 

“...Como Josué estaba delante del ángel, y su ropa estaba muy sucia, el ángel ordenó a los que estaban a su servicio: ¡Quítenle esa ropa tan sucia! Y a Josue le dijo: Date cuenta de que ya te he limpiado de tu pecado, y de que te he vestido con ropas de gala. Después dijo: Pongan en su cabeza un turbante limpio. Y se le puso un turbante limpio en la cabeza, y se le vistió con ropas de gala. Mientras tanto, el ángel del Señor seguía de pie…” Zac. 3:1-7 RVC

Cuando Jesús habló de vestiduras nuevas, se refería a la nueva condición que se ofrece a la humanidad a través de Él y de su evangelio. En cambio, las vestiduras viejas representan el estado de una persona antes de la salvación. Su enseñanza deja claro que la “nueva obra de Dios” no puede limitarse a una “antigua forma de vida”.

Lamentablemente, muchos creyentes intentan vivir con parches espirituales en lugar de una verdadera renovación. Ante la oferta de una nueva vida, rechazan la transformación completa, eligiendo sólo las partes del evangelio en las que creen selectivamente y mezclándolas con su antigua forma de vida.

Un principio similar se describe en la alegoría del vino y los odres. El vino nuevo, aún sin fermentar, se colocaba en el odre con este propósito. El odre, una especie de bolsa de cuero, sellaba el contenido y limitaba la exposición al oxígeno, ayudando a controlar el proceso natural de fermentación que convierte el vino nuevo en vino viejo.

El vino nuevo ilustra la nueva obra que Dios, en Cristo y a través del evangelio, ofrece a la humanidad. El odre, habla del estilo de vida y el comportamiento. En otras palabras, Jesús afirma una vez más que la nueva obra de Dios no puede recibirse dentro de una estructura antigua.

Insistir en ignorar la guía de Cristo conduce a la pérdida. Los odres viejos, con su cuero reseco, no podían soportar la presión de la fermentación y terminaban reventándose. ¿El resultado? Tanto el vino como el odre se perdían. 

Esto nos enseña que intentar recibir vino nuevo con odres viejos pone fecha de caducidad a este tipo de evangelio, lo que implica que no es posible adaptar la oferta divina de la vida cristiana a un estilo de vida antiguo

Pablo fue claro sobre la necesidad de un “cambio de vestimenta”: 

“En cuanto a su pasada manera de vivir, despójense de su vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; renuévense en el espíritu de su mente, y revístanse de la nueva naturaleza, creada en conformidad con Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Ef. 4:22-24 RVC 

Despojarnos del “viejo yo”, se relaciona con el comportamiento propio del “antiguo modo de vida”. Es decir con nuestra conducta. Tomemos en cuenta 1 P. 1:15-16  RVC: “... vivan una vida completamente santa, porque santo es aquel que los ha llamado. Escrito está:  Sean santos, porque yo soy santo”. La santificación exige, sin duda, un cambio de comportamiento.

Jesús se refiere al ajuste necesario para recibir la nueva obra de Dios sin desperdiciarla. La salvación en Cristo debe ser acogida dentro de una nueva estructura de conducta: 

“Por lo tanto, hagan morir en ustedes todo lo que sea terrenal:  inmoralidad sexual, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia. Eso es idolatría. Por cosas como estas les sobreviene la ira de Dios a los desobedientes. También ustedes practicaron estas cosas en otro tiempo, cuando vivían en ellas. Pero ahora deben abandonar también la ira, el enojo, la malicia, los insultos y las conversaciones obscenas. No se mientan los unos a los otros, pues ya ustedes se han librado de la vieja naturaleza y de sus hechos, y se han revestido de la nueva naturaleza, la naturaleza del nuevo hombre, que se va renovando a imagen del que lo creó hasta el pleno conocimiento”. Col. 3:5-10 RVC

El cambio de comportamiento, está relacionado con la crucifixión de la carne:  hagan morir en ustedes todo lo que sea terrenal. La carne no se convierte; ésta tiene que ir a la cruz. Las Escrituras nos hacen responsables de la crucifixión de la carne y de las transformaciones que resultan de este proceso: 

“Así que, hermanos, yo les ruego por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios!  Y no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto”. Ro. 12:1-2 RVC

¿Cómo puede estar vivo un sacrificio? Pablo no hablaba literalmente de matar el cuerpo. Estaba enfatizando simbólicamente la necesidad de dar muerte a la carnalidad.

El apóstol también lo clasificó como un acto de adoración racional. El concepto de sacrificio en el Antiguo Testamento, aplicado posteriormente por Pablo, no solo transmite la idea de morir al yo, sino que también es fundamental para la adoración, ya que los sacrificios eran parte integral del culto hebreo. 

Crucificar la carne, entonces, se convierte en un acto de adoración ofrecido a Dios. Las Escrituras nunca presentan la adoración como algo meramente ocasional o espontáneo, sino como algo frecuente y necesario.

En su primera carta a los Corintios, Pablo exhorta a los cristianos a huir de la inmoralidad. Argumenta que, por el derecho de redención, nuestros cuerpos pertenecen a Dios, no a nosotros mismos, y nos llama a glorificar a Dios con nuestros cuerpos. El Señor es glorificado cuando ejercemos dominio propio, negándonos a que la carne dicte nuestras acciones y, en cambio, alineando nuestra conducta con la nueva naturaleza que hemos recibido en Cristo.

¿Cómo se relaciona, entonces, el ayuno con este "cambio de vestimenta"? Esencialmente un cambio de comportamiento, requiere un acto continuo de autocontrol, y el ayuno sirve como un ejercicio práctico de autodisciplina. Su verdadero propósito debe ser fundamentalmente espiritual.

En esencia, el ayuno es un acto de disciplina, un ejercicio de autocontrol que conduce a la crucifixión de la carne. ¿Y qué resulta de la disciplina, el autocontrol y la crucifixión de la carne? Un cambio de comportamiento: los viejos hábitos carnales (vestiduras viejas y odres viejos) dan paso al fruto del Espíritu (vestiduras nuevas y odres nuevos). A esto se refiere la Biblia como santificación.

Pr. Rafael Vargas

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