El hambre es uno de los instintos humanos más básicos. También se usa el término para expresar un anhelo profundo o la necesidad de algo más allá del mero sustento.
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán satisfechos”. Mt. 5:6 RVC
Esta hambre y sed no son literales, la referencia es a un profundo anhelo, no a una sed literal.
De igual modo, la seguridad no se aborda desde una perspectiva exclusivamente literal. Consideremos las palabras de Cristo:
“Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. Jn. 6:35 RVC
Teniendo esto en mente, reflexionemos sobre algunas afirmaciones del Sermón del Monte.
“Bienaventurados ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán satisfechos. Lc. 6:21 RVC
“¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos!, porque habrán de pasar hambre…” Lc. 6:25 RVC
Si estas frases se interpretan desde un punto de vista literal, nos enfrentamos a un grave problema. La primera distinción entre las frases radica en sus palabras introductorias y sus respectivas consecuencias: Bienaventurados y ¡Ay de ustedes!
Literalmente, la primera frase sugiere que el hambre seguida de la satisfacción es un resultado positivo, mientras que la segunda implica que estar bien alimentado es algo negativo, con la consecuencia de volver a tener hambre. El resultado es un ciclo continuo y repetitivo, donde las personas alternan constantemente entre estados.
Quienes tienen hambre son recompensados con la satisfacción, pero una vez que están bien alimentados, vuelven a enfrentarse al hambre. Al regresar al estado de hambre, entonces se sienten satisfechos. Así, el ciclo continúa sin fin.
La única manera de comprender las afirmaciones de Jesús es entender que no se refiere al hambre ni a la saciedad literales. El anhelo de lo espiritual nos lleva a la satisfacción espiritual. Sin embargo, alguien puede estar bien alimentado, pero carecer de apetito por lo espiritual, y terminar pasando hambre.
Hace algunos años los padres no permitían que los niños comieran entre comidas, especialmente dulces y golosinas. Porque cuando los niños comían entre comidas, a menudo perdían el apetito para alimentos más importantes y necesarios. Este es un buen ejemplo de lo que sucede con muchos cristianos. Llenan sus almas de tantas cosas que ya no tienen apetito por lo espiritual. En resumen, la abundancia natural puede contribuir a la indiferencia espiritual.
“¡Cuidado! No vayas a olvidarte del Señor tu Dios, ni de cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos, que hoy te ordeno cumplir. No vaya a ser que luego de que comas y quedes satisfecho, y edifiques buenas casas y las habites, y tus vacas y tus ovejas aumenten en número, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tengas aumente, tu corazón se enorgullezca y te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, donde eras esclavo” Dt. 8:11-14 RVC
La advertencia no se refiere a comportamientos pecaminosos, sino a cosas lícitas. En el versículo anterior, Dios, por medio de Moisés, había instruido a los israelitas: Y comerás y quedarás satisfecho, y bendecirás al Señor tu Dios por la buena tierra que te habrá dado. Dt. 8:10 RVC.
Esta abundancia es una bendición divina, el cumplimiento de la promesa de Dios y motivo para alabarlo. La advertencia aquí es que podríamos emocionarnos tanto con estas bendiciones que nos olvidemos del Señor.
La precaución se extiende tanto a los asuntos alimenticios, así como a las posesiones materiales. Al igual que en el ej. anterior, esta es también un área donde las cosas lícitas pueden "obstruir" al alma.
El dinero en sí mismo no es inherentemente malo. La Escritura condena el amor al dinero, no el dinero en sí. Una persona puede no tener dinero y aun así estar consumida por el amor al dinero, poseyendo así la raíz de todo mal incluso sin riqueza. Por el contrario, alguien puede tener riqueza, sin permitir que tenga prioridad en su corazón.
Los asuntos materiales siguen siendo delicados, y la relación del cristiano con ellos debe caracterizarse por el cuidado. Incluso las cosas lícitas, como las bendiciones que provienen de Dios, tal como se ve en el pasaje de Deuteronomio, pueden atormentar el alma de quien le sirve.
El relato del joven rico ofrece valiosas reflexiones sobre este tema. Anhelaba más de lo que ya había alcanzado espiritualmente. En el relato de Mateo, encontramos la pregunta: …¿Qué más me falta? Mt. 19:20 RVC. En Lucas registra la respuesta de Jesús: …Aún te falta una cosa:... Lc. 18:22 RVC.
A pesar de su anhelo de crecimiento espiritual, el joven se topó con una barrera que le impedía seguir a Cristo y alcanzar la plenitud espiritual.
“Jesús, habiéndolo mirado, lo amó y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dáselo a los pobres. Así tendrás un tesoro en el cielo. Después de eso, ven y sígueme. Cuando aquel hombre oyó eso, se amargó y se fue triste, porque tenía muchas posesiones”. Mr. 10:21-22 RVC.
La instrucción de Jesús estaba dirigida específicamente a este joven, es innegable que el Señor, quien lo amaba, reconoció su necesidad de desprenderse de las cosas materiales. Sin embargo, cuando el joven se negó, Cristo aprovechó el momento para enseñar a sus discípulos una importante lección:
“Jesús miró a su alrededor, y les dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! Los discípulos se asombraron de sus palabras, pero Jesús volvió a decirles: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el reino de Dios. Ellos se asombraron aún más, y se preguntaban unos a otros: Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús los miró fijamente y les dijo: Esto es imposible para los hombres, pero no para Dios. Porque para Dios todo es posible”. Mr. 10:23-27 RVC.
Lección #1
Nace de la afirmación de Jesús: ¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! Cuando los discípulos no comprendieron la gravedad de sus palabras, Cristo enfatizó una vez más el desafío que enfrentan los ricos para entrar en el reino de Dios. Si bien este obstáculo es innegable, plantea una pregunta importante: ¿Cuál es el origen de esta dificultad?
Sabemos que Dios no hace acepción de personas, porque ante Dios todas las personas son iguales. Ro. 2:11 RVC, así que no es Él quien dificulta la entrada de los ricos a su reino. Por lo tanto, quienes dificultan la entrada son los propios ricos. ¿Y por qué muchos ricos tienen dificultades? Porque satisfacen sus almas con riquezas materiales, perdiendo así el apetito por lo espiritual. Por eso el joven rico dejó de seguir a Jesús.
En otra ocasión, Cristo habló de un rico necio que le dijo a su alma: .. Ya puede descansar mi alma, pues ahora tengo guardados muchos bienes para muchos años. Ahora, pues, ¡a comer, a beber y a disfrutar! Lc. 12:19 RVC.
En otras palabras, un alma llena de “dulces terrenales” tiende a perder el apetito por el “alimento espiritual y saludable”.
Lección #2
Es la distinción entre dificultad e imposibilidad. Cuando Jesús habló de los ricos, sus discípulos preguntaron: Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús los miró y les dijo: Esto es imposible para los hombres, pero no para Dios. Porque para Dios todo es posible. Jesús reconoció que es difícil, pero no imposible, que el rico se salve. La dificultad para entrar en el reino la crea el rico, que llena su alma de otras cosas; pero la imposibilidad la supera Dios, que hace posible todo.
Lección #3
Aborda la importancia del desapego:
“Pedro comenzó entonces a decirle: Como sabes, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. 29 Jesús respondió: De cierto les digo: No hay nadie que por causa de mí y del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, o tierras, que ahora en este tiempo no reciba, aunque con persecuciones, cien veces más casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, y en el tiempo venidero la vida eterna”. Mr. 10:28-30 RVC
Los discípulos señalaron que lo habían dejado todo para seguir a Cristo, demostrando así que comprendían la enseñanza. Jesús respondió hablando de bendiciones presentes y futuras.
¡Que nadie se engañe! No se trata de merecer, sino de vaciarse de uno mismo para recibir una nueva plenitud.
Pr. Rafael Vargas