“Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, levantó los ojos al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús a su derecha. Dijo entonces: Veo los cielos abiertos, y que el Hijo del Hombre está a la derecha de Dios”. Hch. 7:55-56 RVC
La experiencia de Esteban fue marcada por la persona de Jesucristo y el trono de Dios.
Hay muchos actos de Dios donde se puede apreciar su poder y fuerza extrema. El Antiguo Testamento está en sintonía con ese tipo de situaciones, a partir de la apertura del Mar Rojo, o el juicio en forma de fuego que cayó sobre Sodoma y Gomorra, los relámpagos y truenos en el Monte Sinaí cuando Moisés visitó a Dios. Pero hay un hecho bíblico que supera a todos a mi entender. Fue la experiencia cuando Jesús se bautizó en el río Jordán.
“Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia”. Mr. 1:9-11
De allí, Jesús se fue a su tierra, y sus discípulos lo siguieron. Cuando llegó el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga. Al escuchar a Jesús, muchos se preguntaban admirados: ¿De dónde sabe este todo esto? ¿Qué clase de sabiduría ha recibido? ¿Cómo es que con sus manos puede hacer estos milagros? ¿Acaso no es este el carpintero, hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿Acaso no están sus hermanas aquí, entre nosotros? Y les resultaba muy difícil entenderlo. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, excepto en su propia tierra, entre sus parientes, y en su familia. Y Jesús no pudo realizar allí ningún milagro, a no ser sanar a unos pocos enfermos y poner sobre ellos las manos; y aunque se quedó asombrado de la incredulidad de ellos ... Mr. 6:1-6 RVC
Un hermano comentó la experiencia que tuvo con su hijo de 17 años. Estando ambos en el despacho del padre, el muchacho le dijo a su padre que él podía abrir la caja fuerte que tenía allí la familia. Su padre respondió, “prueba a ver si puedes hacerlo”. El joven comentó, “sé que tiene código, pero puedo abrirla”. El padre le dijo: “A ver”. Y lo hizo. El padre le preguntó ¿cómo pudiste hacer eso? Y respondió “Estuve detrás de ti y te estuve observando”.
“En su camino a Jerusalén, Jesús pasó entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se quedaron a cierta distancia de él, y levantando la voz le dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Vayan y preséntense ante los sacerdotes. Y sucedió que, mientras ellos iban de camino, quedaron limpios. Entonces uno de ellos, al ver que había sido sanado, volvió alabando a Dios a voz en cuello, y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias. Este hombre era samaritano. Jesús, dijo: ¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera y alabara a Dios sino este extranjero? Y al samaritano le dijo: Levántate y vete. Tu fe te ha salvado”. Lc. 17:11-19 RVC
Estos leprosos se acercaron a Jesús y sus discípulos lo más que podían y pidieron a Jesús que tuviera compasión de ellos por su condición. Estos leprosos lloran por ayuda, e interceden ante Jesús. Ellos están sufriendo juntos, y buscan a Jesús. ¿Cuántos de nosotros entendemos que cuando venimos del mundo a Jesús, venimos a Él como uno de esos leprosos? o ¿Cuántos de nosotros cuando estamos en una gran necesidad, venimos a pedir la misericordia de Dios?, Y lo hacemos como lo hicieron estos leprosos.





