Luego de que Jesús anunciara a sus discípulos que iba a abandonar este mundo, ellos quedaron abrumados. Nuestro Señor entonces les habló palabras buenas y consoladoras: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da…” Jn. 14:27.
El dejó en calidad de legado a sus fieles discípulos, dos cosas muy valiosas, más valiosas que el oro y la plata:
Un modelo de vida. “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” 1 P. 2:21 Un ejemplo, libre de mancha y marcado por la humildad.
Su paz.
Muchos dicen que la voluntad de Dios es difícil de conocer. Si eso es cierto, ¿Cómo podemos conocer nuestra misión? ¿Tiene eso algún sentido?
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Ro. 12:1-2
El ser humano ante la falta de discernimiento espiritual tiende a cometer graves equivocaciones en contra de la
voluntad de Dios, misma que ha de ser revelada por el Espíritu Santo.
Jesús nos dijo una misión central del Espíritu Santo: “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de
justicia y de juicio” Jn. 16:8. Las correcciones vitales y las advertencias proféticas del Espíritu Santo destinadas a
guiar vidas y hasta una nación no deberían ser estorbadas por ningún tipo de conclusión o doctrina humana, en
especial referida al pecado, la justicia y la corrección.




