“Pero si a ustedes se les deja sin la disciplina que todo el mundo recibe, entonces ya no son hijos legítimos, sino ilegítimos”. He. 12:8 RVC.
Como creyentes, una de las realidades más subestimadas en nuestras vidas es la disciplina del Señor. Es tan valiosa porque en esencia valida la conversión de una persona.
La disciplina no es para castigo. Su disciplina viene para mantenernos lejos de lo que mata y destruye, y nos atrae a lo que da vida y libertad. La disciplina es la entrada a más vida. Proverbios, declara una y otra vez el valor de esta experiencia. Es de suponer que la razón que a la mayoría de nosotros no nos gusta es porque nuestro orgullo y nuestros intereses propios mueren al pasar por una disciplina. Nosotros, los seres humanos, fuimos diseñados para mejorar constantemente. Y así es la vida del discípulo del Señor.
“Ya es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si comienza primero por nosotros, ¿cómo será el fin de los que no obedecen al evangelio de Dios?” 1 P. 4:17 RVC
Si los juicios de Dios comienzan con nosotros, somos transformados. Cuando somos transformados, somos mucho más capaces de representar bien al Señor. Esto a su vez da lugar a que más personas vengan a Cristo. Por otro lado, si el juicio de Dios empieza con el no-creyente, el único resultado posible es la condenación. No tienen mediador, mientras que para nosotros es Cristo Jesús. Los juicios de Dios tienen que empezar con nosotros. Y no hay mayor elemento purificador que el fuego del Señor.
El fuego ha tenido una influencia interesante en la vida de las personas en las Escrituras. Se puede apreciar notoriamente dos factores, el factor purificador y el factor generador de fortaleza y aliento.
El más obvio es el factor purificador. Tenemos una hermosa analogía observando el efecto que produce el fuego en el proceso de purificación y refinación del oro.
La persona encargada de purificar este metal precioso pone el recipiente que contiene oro sobre el fuego hasta que todas las impurezas lleguen a la superficie a medida que se derrite, y cuidadosamente va quitando las impurezas para tener el oro más puro y refinado que sea posible. El refinador sabe cuándo el oro es completamente puro: Y es cuando puede mirar la superficie y ver la imagen no distorsionada de su propio rostro, como si se tratara de un espejo. Este es el mismo proceso con el cual Jesús nos refina a nosotros. Él lo hace hasta que pueda ver Su semejanza en nosotros. Esa es la verdadera razón del refinamiento, para revelar a Jesús en la tierra.
El fuego tiene otro propósito y efecto, uno que, no entiendo pero disfruto mucho. Fueron las lenguas de fuego que no solo purificaron a los 120 en el aposento alto en el día de Pentecostés, pero que en último término les trajo una gran fortaleza y aliento.
“El que habla en lengua extraña, se edifica a sí mismo…” 1 Co. 14:4 RVC.
Solo Dios tomaría el fuego usado para refinarnos y hacer que sea una herramienta que nos trae aliento y fortaleza. Esto trae a memoria los efectos duales de la Espada del Espíritu. Es una espada de doble filo que tiene dos efectos muy diferentes: Corta, y sana lo que corta.
“La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. He. 4:12 RVC
La Palabra de Dios corta más profundamente de lo que nuestra percepción pudiera llevarnos. Entra en el territorio desconocido llamado corazón del hombre. Sin la luz de Dios brillando sobre nuestros pensamientos, intenciones y motivos, nunca podríamos conocer la condición de nuestros propios corazones. Pero Él no nos deja cortados y expuestos. Él trae sanidad a cada área de nuestras vidas cuando nos rendimos a Él cuando estamos expuestos.
“Envió su palabra, y los sanó, Y los libró de su ruina”. Sal. 107:20.
Así cómo la Palabra de Dios tiene dos efectos, así también el fuego de Dios, purifica y alienta. Está es la misteriosa, y maravillosa gracia de Dios en acción.
Pr. Rafael Vargas