A pesar de que Jesús hizo el milagro de multiplicar unos cuantos panes y peces y dio de comer milagrosamente a una multitud. Es bueno dejar establecido que Jesús no vino a esta tierra para alimentar a la gente con pan físico. Él vino para salvar almas y dar vida eterna.
Al no hallarlo en el lugar del milagro, cruzaron el lago con dirección a Cafarnaúm.
Hace más de dos mil años, un día viernes, la humanidad clavó al Hijo de Dios en una cruz de madera. En ese día, muchas cosas acontecieron. El diablo se rió, la gente se burló y el Padre Celestial le dio la espalda a su Hijo. Jesucristo murió y resucitó por todo el mundo. Mientras Jesús agonizaba en la cruz, ocurrieron muchos milagros.
Según el evangelio de Mateo, cuando Jesús murió en la cruz los acontecimientos se suscitaron así :
Una forma práctica para que el creyente acceda a la autoridad y el poder de la cruz es por medio de participar de la Santa Cena.
El hecho de participar de la Santa Cena nos introduce a experimentar una realidad espiritual poderosa. La Santa Cena es un muy buen ejemplo de la conexión de lo físico con lo espiritual, y al mismo tiempo te permite la plena participación en los logros de la cruz.
Opinar sobre cualquier tema no cuesta nada. Todos tenemos opiniones acerca de casi todo en la vida. Las opiniones son fáciles de formar. Solo un poco de información con el conjunto correcto de circunstancias, y nace una opinión. No son necesariamente malévolas. Simplemente es difícil adquirir sabiduría de una opinión porque no tiene consecuencias. Las decisiones, por otro lado, son lugares maravillosos para aprender sabiduría, si alguien así lo desea.
Como cualquier otro fan del fútbol, tengo mis opiniones en cuanto a qué jugadores son los que deberían jugar, qué clase de formación táctica deberían tener dependiendo del rival y así sucesivamente. El punto es, que para mí fue y es fácil tener una opinión en cuanto al juego; al final de cuentas, no me cuesta nada. Pero los jugadores, los entrenadores, los dirigentes, todos ellos de una u otra manera pagan por sus decisiones. Porque ellos lo viven, lo practican, lo fomentan e incluso para una buena parte de ellos es su fuente de ingresos.
El Espíritu Santo es el consolador. Permanentemente los caminos donde Él nos guía son desafiantes, y con frecuencia nos lleva más allá de nuestra zona de comodidad. En realidad, Él nos guía a donde uno necesita de la comodidad que solo Él nos puede dar.
Hay una enorme diferencia entre la advertencia que el Espíritu Santo nos da cuando algo es falso y la incomodidad que sentimos cuando ese algo está fuera de nuestro entendimiento. Aprender la diferencia es muy importante. Tenemos que aprender el privilegio de reconocerlo en nuestros tiempos privados con el Señor.
Los que pasaban tiempo con Jesús eran siempre transformados por el encuentro y la relación continua que tenían.
Lo que es difícil de entender e imposible de explicar es que Él es cien por ciento Dios y cien por ciento hombre. Ese es el gran misterio. Lo más importante de ver y entender es que Jesús no hacía nada como Dios. Él eligió vivir con las restricciones propias del hombre. Por esta razón dijo: “…El hijo no puede hacer nada por sí mismo…” Jn. 5:19 RVC. Aunque es el Hijo de Dios, decidió vivir con las limitaciones del hombre para poder dejarnos un modelo a seguir.
Para que desarrollemos un enfoque claro y fortaleza de fe es necesario que tengamos la convicción de que Dios es Padre bueno. La manera en que lo vemos a Él determina nuestra manera de pensar y obviamente de vivir.
Según como comprendemos a Dios, así lo representaremos.
Cuando hablo de la bondad del Señor, no me olvido de que Él también expulsó a los mercaderes del templo.
“Pero si a ustedes se les deja sin la disciplina que todo el mundo recibe, entonces ya no son hijos legítimos, sino ilegítimos”. He. 12:8 RVC.
Como creyentes, una de las realidades más subestimadas en nuestras vidas es la disciplina del Señor. Es tan valiosa porque en esencia valida la conversión de una persona.
Dios es soberano, Señor sobre todo. Puede hacer lo que quiere hacer sin tener jamás que explicar a nadie porque hace lo que hace. El NO le debe nada a nadie, NI me debe nada a mí, ¡pero me da todo! Nunca deberíamos ni siquiera tener la intención de cuestionar o desafiar la naturaleza de Dios; así como nunca deberíamos poner en tela de juicio Su corazón o lo que Él puede o no hacer. Este nuestro Dios tiene un plan soberano. Y nos hace partícipes de él.
En cuanto al tema de la soberanía de Dios, podemos decir que existen dos realidades. Una es la que podemos llamar soberanía absoluta de Dios, y es donde Él es capaz de actuar completamente separado de nuestra voluntad o deseo. La segunda es que, Él nos acoge en una relación donde, por el diseño que Él hizo de nosotros, tenemos el privilegio de influir en Él. Ese es el privilegio básico de la oración.










