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“Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda.  Mt. 18:23-27 

En Mt. 18:27 vemos que el Señor de la parábola se conmovió porque el hombre se postró con arrepentimiento y humildad, suplicando. Solo el Rey podía empeorar la situación o liberar al hombre de la deuda y mejorarla. El Rey, sabiendo que el hombre no podía pagarle, y viendo su sumisión y humildad, dijo: “Voy a hacer algo mejor que darte más tiempo. Voy a perdonarte todo”. El hombre tenía una deuda que jamás podría pagar, y el Rey la borró por completo simplemente porque era un hombre compasivo y comprensivo.

Esta es una imagen gloriosa del evangelio: Tenías una deuda con Dios que jamás podrías pagar. Era espiritualmente imposible para ti comprar tu propio perdón, y sin embargo, Él te lo dio libremente. 

Al ver la humildad y el arrepentimiento del siervo, el Rey se puso de pie en su trono de gloria y dijo: “Por tu arrepentimiento, me mueves a tener compasión. Te perdono todos tus pecados, toda tu rebelión. Te perdono todo”. 

En respuesta a nuestra humildad y arrepentimiento, Dios nos perdonó una deuda que jamás podríamos pagar. Estábamos muertos en nuestros pecados y destinados al infierno, pero la gracia de Dios nos perdonó todo

“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. 1 Jn. 1:9

Jesús sabía que nuestra rebelión nos había metido en un lío. Él abrió un camino donde parecía imposible hacerlo. Por eso la Biblia dice: …No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo. Tit. 3:5. 

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Ef. 2:8-9. 

No tenemos nada de qué jactarnos excepto de Jesús. Él es el Rey que perdonó la deuda que tú y yo teníamos.

“Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda”.  Mt. 18:28-30.

Acá la parábola da un giro. Este es el mismo siervo que acababa de recibir el perdón por una cifra inimaginable. En la parábola, el primer siervo se negó a dar la misma gracia en una medida mucho menor, que la que acababa de recibir con tanta magnanimidad. Se negó a mostrar siquiera una pizca de compasión.

Vemos que Jesús, se refiere a la estupidez de todos. Hemos sido perdonados, pero no podemos perdonar a esa persona que nos molestó, que nos lastimó, nos abandonó o nos avergonzó. El enemigo usó a estos ofensores para abrir una puerta que ha hecho que espíritus de las tinieblas nos sigan y opriman toda la vida. 

La única manera de romper ese círculo es perdonar a quienes no queremos perdonar. No importa lo que hayan dicho o hecho, comparado con lo que Jesús nos ha perdonado, es poca cosa. 

Mantenemos a estas personas como rehenes en nuestro corazón: Hemos sido liberados de nuestra propia maldad pecaminosa ante Dios y, sin embargo, no estamos dispuestos a perdonar a quienes nos han hecho daño. Seguimos sin poder orar sin que sus rostros aparezcan en nuestra mente. Por eso algunos nunca alcanzaremos el siguiente nivel de liberación. 

El perdón es el regalo que nos damos a nosotros mismos, y tenemos que darlo para recibirlo. Tenemos que perdonar a los demás para expulsar el espíritu de falta de perdón.

La gente causa tanta división en el cuerpo de Cristo, y Dios la odia por completo. Proverbios la menciona como una de las siete cosas que Dios odia más: la mirada altiva, las manos que derraman sangre inocente y sembrar discordia entre los hermanos. (Pr. 6:16-19). 

La ​​gente siembra discordia porque no perdona. Son miserables y quieren que todos los demás lo sean. Quieren que otros sientan su tormento. Tienen agarrados a quienes les deben poco o nada, y no perdonan a pesar de haber sido perdonados mucho más. ¿No es fácil ver un espíritu oscuro obrando en este patrón? Al continuar con la parábola, vemos cómo emerge este patrón.

“Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti?”  Mt. 18:29-33

En el versículo 29 el primer siervo tenía agarrado a su compañero por el cuello, y su deudor cayendo al suelo suplicó: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”. Esa es la misma frase que el primer siervo usó con su Señor cuando fue perdonado. Jesús nos dice luego, que el primer siervo metió a su compañero en la cárcel hasta que pagase toda la deuda.

Una vez que el rey se percató de esta situación, volvió a llamar al hombre ante él. Dijo: “Siervo malvado”. Este siervo nos representa a todos. Dios no tenía por qué salvarnos. Dios podría dejar que cada uno de nosotros ardiera en el infierno y seguiría siendo Dios, pero no lo hizo. Tuvo compasión porque le pedimos perdón. Clamamos, y él nos escuchó y nos respondió. Nos mostró el perdón, que no conocemos sin Él. ¿No deberíamos tener compasión de los demás como Dios la tuvo por nosotros? 

Cuando vivimos sin perdonar, tomamos decisiones imprudentes. Herimos a otros. Nos rebelamos contra las cosas de Dios creyendo que somos espirituales. Intentamos justificar la falta de perdón buscando versículos bíblicos fuera de contexto para sentirnos mejor por no hacer lo que Dios claramente nos llamó a hacer, negándonos a hacer por los demás lo que Jesús claramente hizo por nosotros. Mientras tanto, buscamos métodos humanos para dormir mejor por la noche, pero el problema es que estamos atormentados. Al llegar a la conclusión de la parábola, vemos que este comportamiento tiene consecuencias devastadoras. 

“Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”. Mt. 18:34-35.

El mismo rey que perdonó todas las deudas del hombre se enojó profundamente y dijo: “Dejaré que los verdugos se encarguen de ti, te atormenten hasta que pagues todo lo que me debías, lo cual habría sido nada si hubieras perdonado a tu deudor, pero ahora será imposible”. Con esto, la parábola nos dice que el tormento de este hombre será eterno

Pero observen lo que dice Jesús en el versículo 35: Así también hará con ustedes mi Padre celestial. Jesús dijo que el Padre los entregará a los verdugos. 

Hemos llegado a comprender que los verdugos son: el espíritu de falta de perdón, el espíritu de amargura y el espíritu de ofensa, entre otros. Serás atormentado por espíritus malignos que Dios permitirá hasta que perdones de verdad.

Quizás digas: "Simplemente no puedo perdonar". Si Dios pensara así, estarías en el infierno. Él te ha perdonado toda la deuda. 

Por favor, entiende que tu perdón no minimiza el dolor y el abuso que estas personas te hicieron sufrir, pero debes confiar en que Dios lo solucionará todo. No esperes que se arrepientan, simplemente perdona. Dios se encargará de ellos. Su justicia es ineludible. Tú no puedes permitir que todos los demás en tu vida (esposa, hijos, etc.) sufran por la obra de los atormentadores que hay en ti solo porque no puedes perdonar a los demás.

Cuando te niegas a perdonar, das cabida a espíritus malignos que buscan destruirte. Les das a los demonios el derecho ante Dios de invadirte, y quien te lastimó no sentirá nada. Hasta que perdones, el espíritu de la falta de perdón puede, y lo hará, atraer a todos sus amigos a tu vida como una pandilla: la ira e impaciencia que te atormentarán. La amargura eventualmente te consumirá.

Tenemos que perdonar de forma sobrenatural a las personas que en lo natural no queremos perdonar. De lo contrario, no tiene sentido hablar de nuestra liberación, porque la liberación que necesitamos es liberarnos de nosotros mismos, de nuestra falta de perdón. 

No es fácil, pero si queremos ser liberados, no tenemos otra opción. Tenemos que perdonar al ofensor.

Al mirar atrás, reconoces que muchas de tus decisiones necias se tomaron mientras tenías a alguien agarrado del cuello. Los castigaste por falta de perdón. Algunos han sido entregados al atormentador, y se nota.

La historia termina trágicamente con el primer siervo asfixiado y atormentado en una prisión que él mismo creó con su falta de perdón.

¿Estás listo para ser liberado de este espíritu de las tinieblas? Rompe las cadenas hoy perdonando a todos y dejándolos libres, y la liberación llegará

Ahora que conoces la verdad sobre la falta de perdón, eres responsable ante ella, porque a quien mucho se le ha dado, mucho se le exigirá.

Amados, aprendamos este principio del reino y perdonemos a los demás como nosotros también hemos sido perdonados.

Pr. Rafael Vargas

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