El ministerio de liberación abarca tres aspectos distintos de la guerra espiritual:
- Expulsar demonios,
- Derribar fortalezas y
- Romper maldiciones.
Las maldiciones generacionales, los demonios y las fortalezas espirituales son tres cosas muy diferentes, y debemos abordarlas como tres facetas distintas del arsenal del enemigo contra nosotros. En pocas palabras, los demonios se expulsan mediante la liberación, las fortalezas espirituales se derriban mediante la disciplina y las maldiciones se rompen por decreto.
Jesús nos da la autoridad necesaria para operar en cada una las tres facetas del ministerio de liberación, y eso se logra a través de convertirnos en morada del Espíritu Santo. Mientras que una persona afligida por demonios o espíritus malignos requiere liberación, expulsándolos en el nombre de Jesús, quienes lidian con fortalezas deben aplicar mayor disciplina para desmantelar las mismas.
Existen dos tipos de maldiciones:
- Aquellas que se lanzan sobre las personas a través de una palabra hablada o alguna forma de brujería y
- Aquellas que se transmiten a las personas a través de su linaje, las cuales llamamos maldiciones generacionales.
Vemos las maldiciones generacionales definidas en el Libro del Éxodo, donde se identifican como ... la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Éxodo 34:7b. Para liberar a una persona de las maldiciones generacionales, hay que decretar que estas se rompan.
Un decreto espiritual es una orden verbal emitida con la plena autoridad que todos los creyentes tienen en el nombre de Jesús.
Cuando alguien decreta que la maldición generacional de una persona ha sido rota, y esta persona está de acuerdo con el decreto, el asunto queda resuelto en ese momento. No es necesario que siga decretando que la misma maldición se rompa numerosas veces.
Al aceptar el decreto, rompe el pacto de la maldición con el enemigo, y el asunto queda zanjado de una vez por todas. Esta ruptura definitiva a la que me refiero es solo para las maldiciones generacionales de tu linaje. Y una vez hecho, queda hecho para siempre y esas maldiciones pierden su poder.
Si alguien te ha hecho un trabajo de brujería o te ha aplicado falsas profecías, también puedes liberarte de ellas. En este contexto, es importante distinguir entre maldecirnos con palabras duras y perseguirnos con una maldición. El primer tipo de maldición es lo que comúnmente llamamos "maldecir", que puede implicar atacar a las personas con críticas duras y con palabras negativas. Sin embargo, esto se evita con frecuencia. El primer tipo de maldición puede convertirse fácilmente en maldiciones verbales cuando se repite sin arrepentimiento o con la intención de perseguir, por lo que nunca debe minimizarse ni excusarse.
Jesús enseñó que un corazón malvado produce palabras malvadas, y que seremos juzgados por cada palabra ociosa e insensata que digamos.
“¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. Mateo 12:34-37
Por eso, incluso el lenguaje más áspero y superficial es considerado malo por Dios.
“Lo que sale de la boca, del corazón sale; y eso contamina al hombre”. Mateo 15:18.
Así que, si eres culpable de este tipo de maldición, debes dejar de hacerlo.
La Biblia básicamente dice que cada palabra que pronunciamos es una bendición o una maldición, así que debemos hacer todo lo posible por domar nuestra lengua, pues es “… un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal”. Santiago 3:8
Desde que fui bautizado en el Espíritu Santo, y recibí el don de lenguas, he experimentado un cambio notable en el uso de mi lengua. Dado el uso frecuente del lenguaje de oración.
En contraste con las simples palabras duras, vemos en Mateo 5 que Jesús dijo: “Bendigan a los que los maldicen”. En este pasaje, se refería a un tipo de maldición diferente, la de quienes los persiguen. (Mt. 5:44). Estas incluyen maldiciones verbales y otros actos de brujería y hechicería. Por supuesto, vemos de nuevo su mandato de bendecir en lugar de devolver el golpe, pero este tipo de maldiciones requiere una acción fiel en el Espíritu.
Cuando alguien nos maldice intencionalmente, la situación cambia por completo. En tales casos, además de romper la maldición mediante un decreto de fe, podemos adoptar una postura más firme e incluso una respuesta más intensa que no sea un acto de represalia, sino de defensa. De hecho, la Biblia nos dice que en algunos casos podemos revertir la maldición y repelerla.
“Ya que amó la maldición, ¡que sea maldito! Despreció la bendición, ¡que nunca sea bendecido”. Salmo 109:17 RVC
Las Escrituras básicamente nos dan el derecho de decir a esas maldiciones: “Devuélvanse al que las envía”, pero debemos recordar que esta retribución la ejecutará el Señor, no nosotros.
Pr. Rafael Vargas