Para que desarrollemos un enfoque claro y fortaleza de fe es necesario que tengamos la convicción de que Dios es Padre bueno. La manera en que lo vemos a Él determina nuestra manera de pensar y obviamente de vivir.
Según como comprendemos a Dios, así lo representaremos.
Cuando hablo de la bondad del Señor, no me olvido de que Él también expulsó a los mercaderes del templo.
“Pero si a ustedes se les deja sin la disciplina que todo el mundo recibe, entonces ya no son hijos legítimos, sino ilegítimos”. He. 12:8 RVC.
Como creyentes, una de las realidades más subestimadas en nuestras vidas es la disciplina del Señor. Es tan valiosa porque en esencia valida la conversión de una persona.
Dios es soberano, Señor sobre todo. Puede hacer lo que quiere hacer sin tener jamás que explicar a nadie porque hace lo que hace. El NO le debe nada a nadie, NI me debe nada a mí, ¡pero me da todo! Nunca deberíamos ni siquiera tener la intención de cuestionar o desafiar la naturaleza de Dios; así como nunca deberíamos poner en tela de juicio Su corazón o lo que Él puede o no hacer. Este nuestro Dios tiene un plan soberano. Y nos hace partícipes de él.
En cuanto al tema de la soberanía de Dios, podemos decir que existen dos realidades. Una es la que podemos llamar soberanía absoluta de Dios, y es donde Él es capaz de actuar completamente separado de nuestra voluntad o deseo. La segunda es que, Él nos acoge en una relación donde, por el diseño que Él hizo de nosotros, tenemos el privilegio de influir en Él. Ese es el privilegio básico de la oración.




