FORGOT YOUR DETAILS?

Aprender es vital. Pero igualmente importante es la flexibilidad contínua para aprender más como lo haría un niño.

 

Lo que ya sabes puede mantenerte apartado de lo que necesitas saber si no sigues siendo enseñable.

 

El camino de un creyente es un camino de conflicto continuo. A  menudo ese conflicto está dentro de nuestras propias mentes al abordar las enseñanzas de las Escrituras, especialmente cuando algunas de estas parecen contradecirse.

 

Por ejemplo, sabemos que en el Reino de Dios, dar nos lleva a recibir. También sabemos que la manera en cómo uno llega a ser exaltado o promovido implica primero mantenerse en humildad. Aunque luchemos con la aplicación de estas verdades, ya conocemos lo suficiente como para empezar. Uno de los más difíciles conflictos del Reino a mi entender es: Tenemos que crecer en madurez por medio de llegar a ser como niños.

 

La madurez en la iglesia es cualquier cosa menos asemejarse a un niño. Por lo general se la ve como la vida austera de un santo, quien en su mayor parte ha superado las tentaciones básicas de la vida, la carnalidad y es un gran ejemplo, un verdadero representante de Cristo en su carácter. Posiblemente te preguntes ¿Y qué puede haber de malo en eso? Nada, realmente ilustrar el carácter es de suma importancia. Sin embargo, la habilidad de entrar a la realidad del dominio de Dios sobre la tierra, en el aquí y ahora, se determina en parte por mi disposición a llegar a ser  como niño.

 

“Llevaron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos reprendieron a quienes los habían llevado. Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan, porque el reino de Dios es de los que son como ellos. De cierto les digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.  Mr. 10:13-15 RVC.

 

Cuando Jesús hablaba del Reino, a menudo estaba relacionado con un milagro que estaba a punto de suceder o que ya había sucedido. Eso es porque el Reino de Dios consiste en poder, no en palabras.

 

Porque el reino de Dios no es cuestión de palabras, sino de poder”. 1 Co. 4:20 RVC.

 

 Muchas personas creen que es virtuoso elegir el carácter por encima del poder. Jesús nunca nos dio la libertad de elegir entre los dos. Muchos otros han elegido el poder por encima del carácter. Nunca está bien aprobar a las personas cuyas vidas son un desastre, y sin embargo, persiguen los milagros de Dios. De alguna manera ¿Es más ético perseguir el carácter sin el poder? ¿Qué es más valioso NO entristecer al Espíritu Santo o NO apagar al Espíritu Santo? Ambos son de igual valor. 

 

Entristecemos al Espíritu Santo por nuestra impureza en pensamientos, intenciones y acciones. El mandato de no entristecerlo está enfocado en el carácter. Pero, apagar al Espíritu Santo tiene más que ver con parar el fluir de algo. Está centrado en el poder. El carácter y el poder son las dos extremidades sobre las cuales nos paramos. Tener una pierna más larga que la otra tendrá un impacto serio en la salud total del cuerpo.

 

Elegir el carácter por encima del poder es indudablemente más popular y socialmente aceptable. ¿Pero desde cuando se hizo posible desarrollar la profundidad del carácter que Jesús ha deliberado intencionalmente para nosotros aparte de obedecerle? ¿Y no es un mandamiento del Señor sanar, liberar y limpiar?

 

“Sanen enfermos, limpien leprosos, resuciten muertos y expulsen demonios. Den gratuitamente lo que gratuitamente recibieron”.  Mt. 10:8 RVC.

 

El desafío de perseguir el carácter por encima del poder ha dado muerte a la semejanza de niño en la naturaleza de la Iglesia. Ser como niño ya no es considerado madurez. Y en tal atmósfera, la madurez se ha convertido en un impedimento para el avance en el Reino, que es finalmente un obstáculo al avivamiento.

 

En un estilo de vida lleno de poder y milagros, se tiene que desarrollar y abrazar la semejanza de niño. En el mover del Espíritu Santo, rara vez sabemos lo que estamos haciendo. La dependencia es el tema continuo para el niño. Sus padres le suplen alimento, vestimenta, techo, aliento, instrucción,  oportunidades y tanto más. Se mantienen, dentro de un ambiente de hogar sano, a través del sustento de otros. Bienvenido a ser como niño. La madurez a menudo lucha en contra de estos valores, en el nombre de establecerse en la fe.

 

En la historia de Marcos 10 mencionada anteriormente, los discípulos tenían un sistema de valores en que los adultos eran más importantes que los niños. Es una idea de lo más común aun en el día de hoy. Considera esto, Jesús enseñó que solo podemos entrar a lo que hemos recibido. Y tenemos que recibir sus realidades por medio de un corazón de niño. Hay otra percepción muy similar que nos es dada en la enseñanza de Jesús en el Sermón del Monte. 

 

Bienaventurados los pobres en espíritu,  porque de ellos es el reino de los cielos”. Mt. 5:3 RVC.

 

La manera de recibir el Reino es llegar a ser como niño, y la manera de poseer o avanzar en el Reino es a través de ser pobre en espíritu.

 

Pobre de espíritu:  es aquel que ha perdido toda confianza en su propia justicia y en sus propias fuerzas, y reconoce que depende totalmente del mérito de la obra de Cristo y del poder de Su Espíritu. Ese con corazón contrito y humillado que pide que Dios aplaque su ira y se reconcilie con él.

 

El Reino como Jesús lo enseña e ilustra, es más frecuentemente la realidad de aquí y ahora de Su dominio. Posiblemente podríamos decir que la semejanza de niño y ser pobre en el espíritu son dos caras de la misma moneda. Son muy similares en naturaleza y propósito.

 

Ser pobre en espíritu no es pensar menos de nosotros mismos o estar deprimidos de alguna manera. Ser como un niño no es ser insensato o descuidado. Ambas virtudes son vistas como ser flexibles, enseñables, aventureros sencillos en nuestro acercamiento a la vida y ser capaces de reírnos mucho. Con esta manera de pensar, aun las experiencias más pequeñas en la vida valen la pena ser celebradas. No es solo el cáncer sanado, o la promoción en el trabajo, o el título universitario para el cual te esforzaste tanto para recibir. Es también la llamada telefónica inesperada de un amigo. Es esa comida excepcionalmente buena o el deleite de observar a los niños o nietos jugar y disfrutar de la vida.

 

Las cualidades de ser pobre en espíritu y parecerse a un niño son alimentadas por el gozo. Y ambas son reconocidas por ser libres de cuidado. 

Pr. Rafael Vargas

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